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Pula!Pula!Pula!2000! (1)

In 10 minutos: un paseo, La imagen de la semana on 12 junio 2009 at 9:14 AM

Sobre un viaje a Cluj-Napoca, Transilvania y Rumanía…

Las relaciones intercontinentales siempre me han parecido una apuesta arriesgada por fracasar. Te acabas viendo forzado a desenvolverte en un idioma que no quieres hablar, que no quieres entender y que muchas veces terminas reduciendo a una retaíla de continuos “yeahs and okeys mckeys”. A los españoles nos han dado una extraña habilidad para complicar el lenguaje ajeno. Lo que para un bilingüe es ir de la “A a la B”, nosotros lo hemos convertido en un concurso de puntería, en el que seguramente gana el que es capaz de acertar en el centro con el proyectil (o mejor dicho, la palabra) más inapropiada. Allí se acumulan en una misma frase los “that”, “for example”, “in general”, “more or less”, “you know”…expresiones que si bien parecen tener un significado en español, en inglés provocan como mínimo sospecha.

¡Pero hay amigos! Para suerte o desgracia nuestra, el mundo (y por mundo me refiero al resto de naciones animales europeas) ha comprendido la ingenuidad española. Ahí que todos, humanos, humanas y primates, saben más español que un nativo zaragozano. Y dentro de esa pequeña muestra del universo de la ONU, aparece Rumanía, una región de regiones, en la que lo raro no es hablar español, sino hablar menos de 5 o 3 idiomas. En el este todos son espías…espías con una increíble habilidad para dejarte en ridículo.

Ya sea pedir un taxi, una comida o buscar el urinarium el ritual es el mismo. Escupes un par de palabras en inglés, las intercalas con alguna frase en rumano como “la revedere” o “te rog” (que escuchaste en el aeropuerto o leíste en la revista del viaje) y rezas porque el “please”, funcione. Tres subtítulos simuláneos se amontonan en la parte inferior de la pantalla. Unos pocos más en tu cabeza. Te secas el sudor y cuando empiezas a alardear del triunfo con el compañero de turno con un “creo que me ha entendido”, se descubre el pastel con un sonoro “¿¡Españoles?!”. A partir de ese momento, la conversación se desarrolla en un perfecto castellano.

Ponerse en evidencia en otros países es el día a día del viaje para un español…

¿Los transeúntes serán disparados?

¿Los transeúntes serán disparados?

Desde Canfranc con amor

In 10 minutos: un paseo, La imagen de la semana on 5 abril 2009 at 9:29 AM
Viejos carriles

Viejos carriles

A la misma vera del camino hacia Francia se encuentra Canfranc, un perfecto ejemplo de pueblo fronterizo que presume de tener un interesante pasado

Cuatro kilómetros al norte de donde se encuentra el pueblo originario del municipio del Valle de Aragón está la estación de Canfranc, una pequeña villa que según el Instituto Nacional de Estadística (INE) apenas llegaba a los 575 habitantes a comienzos de 2007.

“Canfrán” (como se suele vocear con acento aragonés) ha quedado durante muchos años ligada al halo de misterio que le han dado los historiadores. Canfranc-Estación podría ser el escenario de una película como “Casablanca”, aunque la historia de este paso fronterizo todavía no haya sido escrita.

Mucho sucedió en Canfranc entre 1942 y 1945, y la vieja estación ha jugado un papel protagonista en todo ello. La ruta del oro nazi a la Península Ibérica, la presencia de las Waffen-SS (élite dentro del gobierno hitleriano) y la Gestapo, la puerta para la fuga de muchos judíos y episodios de contraespionaje dignos de una novela de Ian Fleming. De todo eso ha sido testigo el andén de este municipio en la provincia de Huesca. Nada tiene que envidiar con las mil y una historias que se hayan podido vivir en el Transiberiano.

La estación se abría por primera vez el 18 de julio de 1928 en medio del reinado de Alfonso XIII. Años después viviría momentos novelescos, como los del famoso oro alemán en tiempos de la II Guerra Mundial. Por entonces, el “tesoro nazi” circuló por Canfranc. Todo era parte de un negocio sucio en el que lo camiones alemanes cargaban cajas llenas hasta los topes con lingotes procedentes de Suiza y que llegaban en los trenes en dirección a Madrid y Portugal. Los más ancianos aún recuerdan cómo después se cargaban los trenes con destino a Alemania con wolframio, un metal muy preciado y utilizado para alimentar la maquinaria de guerra.

Pero el III Reich no terminó con la actividad ferroviaria del pueblo. Tras 40 años, la estación moría el 27 de marzo de 1970 cuando un tren de mercancías francés descarrilaba a la entrada del puente de L’Estanguet, en Francia. Desde entonces, el tráfico internacional quedó interrumpido.

Algunos de los aduaneros que trabajaron en la estación internacional durante la Guerra Mundial aún viven en el pueblecito oscense. Los habitantes de vino más añejo todavía recuerdan a los oficiales nazis “dar vueltas atontados por el pueblo”, como comenta un natural del pueblo. Otros exhuman de su memoria el armazón metálico del tren que descarriló. “Aún recuerdo ver los hierros retorcidos siendo muy joven”, murmura un setentón disimulando alguna que otra lágrima.

Ahora las calles destilan un aire romántico. Uno no puede evitar acordarse de las viejas aventuras del agente 007 o de las intrigas novelescas del escritor John Le Carré. Y es que en invierno un aura siberiana parece inundar toda la ciudad. Conviene abrigarse bien, porque la noche es fría, aunque merece la pena tiritar un poco por visitar el lugar. Viendo el nevado bosque de los alrededores y las silenciosas callejuelas, cualquiera diría que nos encontramos en algún recóndito pueblecillo cerca de la frontera con Europa Oriental.

Canfranc sería el típico lugar en el que se podría haber ambientado un libro sobre la Guerra Fría o una novela negra. Si fuera una película, cualquier crítico de la vieja escuela diría de ella que es un thriller de estilo hitchcockiano que se desarrolla en un marco de ensueño, con el mítico tren de fondo.

Pero no hay lugar para el romanticismo de los turistas en la realidad del pueblo. En medio de un valle profundo, con escasos recursos agrícolas y con el tren silenciado, sus habitantes se dedicaron y siguen dedicándose al comercio. Su economía se basa en las transacciones entre Aragón y la provincia francesa de Bearn, situada a los pies de los Pirineos. Cada cinco pasos uno puede encontrarse con un pequeño ultramarinos o una modesta tienda de comestibles. “Bebida y tabaco, lo que más triunfa”, comenta un excéntrico dependiente.

Hoy en día el pueblo acoge también a viajeros y peregrinos que se detienen camino a Santiago. No hay lugar para la gente inquieta en este improvisado Moscú. Canfranc se ha convertido para muchos en santuario y en un lugar de reposo provisional. Quizás es que se sientan atraídos por un pueblo cuyos secretos puedan debilitar sus almas, quizás por la inquietante imagen de la gélida estación, o puede que la curiosidad venga encaminada más hacia practicar deportes de invierno. Lástima que pocos se detengan lo suficiente como para interesarse por esta pequeña ciudadela que antes tuvo mucho que contar.

Su fría emoción viene bien.

Clint

In La imagen de la semana on 19 marzo 2009 at 6:04 PM

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¿Que tendrá Clint Eastwood que hasta en las revistas arrugadas sale arrugado?

El arte perdido del tenderete

In 10 minutos: un paseo on 15 marzo 2009 at 7:41 PM

Buscando las horarias de las 2 de la tarde nos topamos, “sin quererlo ni beberlo” y como se suele decir, con la magia y regustillo a sofrito de un céntrico rastrillo.

Rodeado de lugares sacrosantos y de bares con nombres como “Tío Paco” o “El Aragonés” , de los cuales no recuerdo con exactitud ninguno de los nombres de los letreros, y si eran bares o restaurantes, pero puedo asegurar y aseguro que apuntaban maneras a llamarse así.

Un desguace de cosas viejas con olor a nuevo y objetos nuevos con méritos de ser viejo. Si alguien hubiera mirado bien habría encontrado algún candil antidiluviano de esos que colgara Noe mientras llovía a cántaros.

Algunos cedimos a la tentación. Terminamos con prisas, zippos en los bolsillos, conclusiones alocadas sobre el imaginario soviético e insignias “imponibles”.Una pena que no pueda lucirse en una gorra con cortejo alrededor. Hoy, por estupideces como esa, terminas en el suelo. Pero mañana…seré el héroe de Rusia.

Gentes peculiares, roñosos y roñosas, tenderos y ciudadanos perdidos. Todos con algo en común: un insaciable y sano síndrome de Diógenes.

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