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Del rock, Bob Dylan y mejores tiempos

In Así va el mundo sin café, Música on 12 marzo 2009 at 6:21 PM
Blonde on Blonde sonaba bien en vinilo

Blonde on Blonde sonaba bien en vinilo

Hoy me había planteado ser un prepotente, presumir de gustos musicales cuando intentaba sintonizar una emisora “apropiada” para el viaje hacia la universidad. Soy de esas clase de personas que le ponen banda sonora a los paisajes. Pero una o dos vueltas a la frecuencia media, he sentido más pena que vergüenza. ¿Cómo hemos llegado a escuchar esas cosas? ¿Por qué tanta indiferencia a algo que compuso Jimi Hendrix en tiempos felices?

No hay presunción de inocencia en el conocimiento musical. No se es tanto culpable de olvidar una gran balada o un estupendo éxito del viejo blues, como de acusarlos de ser “carcas”, de otra época, de viejas glorias.

A uno le saltan los puntos cuando oye decir “conozco una o dos”, o “no me llama mucho la atención”, “no es mi estilo”, “no es BAILABLE”. El corazón te da un vuelco.

Intentan desmontar mitos propios, fantasías personales. ¿Qué quieren les diga? ¿Qué odio ver contonearse a las chicas de hoy a ritmos de insultos y bajas rimas? Quizá sea tan viejo. O quizás me parezca más atractivo ver a una mujer moviéndose por la habitación al ritmo de Creedence Clearwater Revival, pensando que nadie la observa mientras tú (con una sonrisa de lado a lado) te apoyas en el marco de la puerta. Puede que no haya nada más perfecto que esa imagen en mi cabeza. Algún mechón albino ya veo. Si se limitara al menos la modernidad a hacer daño sólo a mi ego musical…¿Quieres verme sufrir? Pues ponme un rap.

El techno, el house y demás música de metalurgia barata han contaminado algo tan bueno y clásico como el ambiente de un local. Ahora son jaurías de “niñas” y de malos machos los que se agolpan frente a las puertas, bombardean los bares y pervierten disc jockeys. Sólo en situaciones muy graves sería justificable sobrevivir a base de músicas atronadoras.

Janis Joplin, Led Zeppelin, Cream, The Carpenters, Eagles incluso. Escribían palabras con letra o letras con palabras, pero bastaban. Algo más que el “suma y sigue” moderno.

La música es cura, no sarna. Ha terminado por convertirse en un tratamiento de choque, de electroshock, y como suele suceder en los diagnósticos médicos post terapia, el paciente ha concluido asociando el fenómeno a un estímulo negativo.

El rock lleva muerto 31 años, mes arriba mes abajo. Puede que los viejos rockeros hayan cedido a canas, arrugas y antiguas bandanas, ¡pero siguen siendo rockeros maldita sea! Y sería una lástima olvidarlos.

Pensar que dentro de 20 años uno mirará los viejos números de Rolling Stone, con portadas en las que grupos prometían ser nuevas glorias disimulando estrías tras tanto tiempo. Los que nos quedamos en los 60, 70 o los estrambóticos ochenta, preguntaremos en alto, ¿alguien se acuerda de Bob Dylan? Más allá del mito, más allá de un compositor en horas bajas.

El “sexo, drogas y rock and roll” es un grito mudo. Los mujeriegos murieron por su detestable modo de vida, las drogas empezaron a ser demasiado fuertes para ellos, el sida devoró, el cáncer creció y las manos se convirtieron en muñones. ¿Qué fueron de los tiempos de los alucinógenos, el amor libre y otros éxitos del pop? ¿Es posible echar de menos una época que no llegaste a vivir?

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Glúteos de acero

In Así va el mundo sin café on 10 marzo 2009 at 10:09 AM

"No intente ajustar la imagen..."

"No intente ajustar la imagen..."

No es ciencia ficción. Es el día a día del culto al cuerpo, el día del juicio final. Pero cual John Connor muchos nos negamos a que la raza humana caiga en el exterminio muscular de los aparatos de gimnasia. Y pensar que todo empezó hace casi 20 años con Olivia Newton John y su “Physical”…

Unos esbeltos “señorines” comenzaban a aparecer hace unos años en la pantalla de la tele. Rodeados de bellas y musculosas mujeres nos prometían ser como ellos. Invitaban a hacer gimnasia al compás de una música ratonera mientras nos hacían saltar como cervatillos, procurando sonreír como cretinos y disimular la lámpara de lava que teníamos como estómago.

Después, llegaron los expertos en salud, dietistas y dietéticos. Nos prevenían contra la obesidad. A la leche le quitaron la nata, a los refrescos la cafeína, la margarina la mutaron en “light” y entonces llegó un peligroso anglicismo: el footing. Los resultados saltaron a la vista: se disparó la venta de chándales, los zapatos convencionales fueron sustituidos por olorosas zapatillas de deporte y los cirujanos alargaron sus vacaciones hasta diciembre.

Antes de eso todos gozábamos de una salud excelente: los mozos estaban fuertes como toros, las mujeres daban a luz en sus casas, y las enfermedades de temporada se curaban solas. Y todo sin necesidad de hacer ‘futin’. Los líderes del mundo occidental empezaron a practicar footing, yogging y going. En EE.UU. teníamos al ex presidente Bill Clinton corriendo de lado a lado, y en España, a José María Aznar.

En pocos meses la moda de trotar sin rumbo fijo hizo estragos en el ciudadano medio. Los paisanos empezaron a sufrir síntomas alarmantes de ‘futinitis’ hasta entonces desconocidos. Hubo que comprar el calzado adecuado, unas zapatillas con sensor S1 de velocidad polar que miden ritmo cardíaco y distancia recorrida. “Lo más de lo más. La repanocha”, diría el vendedor a un ingenuo comprador. “¿Repanocha? Espere que saque mi diccionario de expresiones en desuso”.

Desde entonces, día tras día, vemos a estos nuevos corredores, estos marathon man, enfundados en vergonzosos pantalones de licra que harían enrojecer al mismísimo Hombre Araña. Pasan por nuestro lado con aire de superioridad, triunfantes, como si hubieran adelantado al atleta más curtido. En ese momento un pensamiento mefistofélico se cruza por tu cabeza: “Le lanzaría una lata a la cabeza si tuviera una a mano”.

Los hombres lucen pantalones sport que rondan una gama tan masculina como el morado y el azul marino, pasando por el olvidado añil y, ocasionalmente, el negro. Sus muslos logran un cierto aspecto anfibio, como si llevaran dos relucientes bebés morsa colgando de la entrepierna. Por suerte, las mujeres cuentan con la ventaja de no parecer demasiado ridículas al caminar con ellos. Hasta la ropa de deporte les favorece.

Camisetas sin manga, un perfecto óvalo de sudor, zapatillas con cámara de aire, muñequeras, cronómetros, ‘emepetreses’, además de una incesante tendencia a controlar su pulso mientras miran con asombro el reloj, los hacen personajes inconfundibles de la fauna urbana. Desde luego el espectáculo es grotesco, pero también aleccionador.

El culto al cuerpo, que siempre ha sido señal de paganismo y blasfemia contra la “bela tripa”, termina inevitablemente en la depresión. Cuidarse se ha convertido en un deber cristiano, pero con la neurosis añadida de no conseguir nunca el cuerpo perfecto.

Sobre el ‘chandalismo’ y la hipocondría de estar delgado no hay nada escrito. Los flacos quieren estarlo aún más y los rellenitos no deberíamos embutirnos en esos ajustados atuendos. Aún así, lo hacemos.

El mundo es un lugar extraño, y que haya decenas de personas recorriéndolo a las siete de la mañana, para perder unos cuantos kilos, lo hace más excéntrico todavía.

Sin gas

In Así va el mundo sin café on 8 marzo 2009 at 10:56 AM

¿La comedia del verano?

¿La comedia del verano?

Hace ya un tiempo, mes arriba mes abajo, leía una noticia que me dejaba bastante desconcertado. Había gases por en medio, naciones discutiendo por caramelos y dedos apuntándose. Y pensar que todo eso lo descubrí en una revista sobre la programación de TV para esa semana…¿Qué película o serie estaría buscando? No lo sé. Pero esto parece encajar perfectamente en ficción, thriller político o romance frustrado. O quizá sea una buena comedia. Y por entonces, construí una columna (sin querer) en mi cabeza…

Rusia deja sin gas a Europa. La guerra entre Rusia y Ucrania por el suministro del gas ha dejado congelada, literalmente, a la población de media Europa desde hace días. 18 países del Este y del Centro sufren problemas de suministro, por lo que cientos de miles de ciudadanos están pasando sin calefacción ni agua caliente las calamidades de un invierno especialmente frío. Los más afectados a principios de enero fueron Bulgaria, la República Checa, Hungría, Croacia, Eslovaquia, Bosnia, Serbia, y Macedonia.

Ucrania ha bloqueado el tránsito de gas ruso hacia Europa, otra vuelta de tuerca en una pelea que mantiene sin calefacción desde hace ya unas semanas a cientos de miles de hogares en los países balcánicos. Es la guerra, “la guerra del gas”, como algún ingenioso periodista la ha apodado. Como contraataque, Rusia insiste en la necesidad de nuevos conductos que eviten el territorio de su antiguo y poco querido vecino soviético.

Una apresurada solución para dar matarile a la guerra entre Ucrania y Rusia se logró la semana pasada durante la visita a Moscú de la primera ministra de Ucrania, Yulia Timoshenko, para encontrar a su homólogo ruso, Vladimir Putin. La tensión en el ambiente se podía cortar con tijeras.

A punto de reabrirse el gaseoducto, Rusia se retiró de la primera intentona de acuerdo, debido al matiz de puño y letra introducido por Ucrania negando haber robado el gas, pero suerte para la pequeña y gélida Europa. La mañana del 18 de enero todo parecía resuelto. Por fin Rusia reabría el grifo del gas. Ucrania finalmente aceptó el pago de precios europeos más elevados por las reservas rusas a partir de 2010, después de un descuento de un 20% en 2009. Por Ucrania transita el 80 por ciento del gas ruso que recibe Europa, y ahora, para dejar a todos contentos, le saldrá más barato.

Nosotros mientras seguimos ajenos a este conflicto de intereses, a esta “guerra fría”, pero también sufriendo la falta de calor. En España nos sobra y nos basta con el caos que hace semanas causaron las nevadas en las carreteras. La ola de frío siberiano azotó también la Península y afectó a más de 50.000 personas entre vuelos cancelados o retrasados en el aeropuerto de Barajas. El invierno se alarga un poco más este año en nuestra porción de Occidente.

La “guerra del gas” ha terminado. Al parecer, sin víctimas. La Unión Europea estudia ahora la forma de impedir que esta disputa, a ratos económica, a ratos política, vuelva a producirse. Mientras, ¿quién nos libra a nosotros de la ola de frío?