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Desde Canfranc con amor

In 10 minutos: un paseo, La imagen de la semana on 5 abril 2009 at 9:29 AM
Viejos carriles

Viejos carriles

A la misma vera del camino hacia Francia se encuentra Canfranc, un perfecto ejemplo de pueblo fronterizo que presume de tener un interesante pasado

Cuatro kilómetros al norte de donde se encuentra el pueblo originario del municipio del Valle de Aragón está la estación de Canfranc, una pequeña villa que según el Instituto Nacional de Estadística (INE) apenas llegaba a los 575 habitantes a comienzos de 2007.

“Canfrán” (como se suele vocear con acento aragonés) ha quedado durante muchos años ligada al halo de misterio que le han dado los historiadores. Canfranc-Estación podría ser el escenario de una película como “Casablanca”, aunque la historia de este paso fronterizo todavía no haya sido escrita.

Mucho sucedió en Canfranc entre 1942 y 1945, y la vieja estación ha jugado un papel protagonista en todo ello. La ruta del oro nazi a la Península Ibérica, la presencia de las Waffen-SS (élite dentro del gobierno hitleriano) y la Gestapo, la puerta para la fuga de muchos judíos y episodios de contraespionaje dignos de una novela de Ian Fleming. De todo eso ha sido testigo el andén de este municipio en la provincia de Huesca. Nada tiene que envidiar con las mil y una historias que se hayan podido vivir en el Transiberiano.

La estación se abría por primera vez el 18 de julio de 1928 en medio del reinado de Alfonso XIII. Años después viviría momentos novelescos, como los del famoso oro alemán en tiempos de la II Guerra Mundial. Por entonces, el “tesoro nazi” circuló por Canfranc. Todo era parte de un negocio sucio en el que lo camiones alemanes cargaban cajas llenas hasta los topes con lingotes procedentes de Suiza y que llegaban en los trenes en dirección a Madrid y Portugal. Los más ancianos aún recuerdan cómo después se cargaban los trenes con destino a Alemania con wolframio, un metal muy preciado y utilizado para alimentar la maquinaria de guerra.

Pero el III Reich no terminó con la actividad ferroviaria del pueblo. Tras 40 años, la estación moría el 27 de marzo de 1970 cuando un tren de mercancías francés descarrilaba a la entrada del puente de L’Estanguet, en Francia. Desde entonces, el tráfico internacional quedó interrumpido.

Algunos de los aduaneros que trabajaron en la estación internacional durante la Guerra Mundial aún viven en el pueblecito oscense. Los habitantes de vino más añejo todavía recuerdan a los oficiales nazis “dar vueltas atontados por el pueblo”, como comenta un natural del pueblo. Otros exhuman de su memoria el armazón metálico del tren que descarriló. “Aún recuerdo ver los hierros retorcidos siendo muy joven”, murmura un setentón disimulando alguna que otra lágrima.

Ahora las calles destilan un aire romántico. Uno no puede evitar acordarse de las viejas aventuras del agente 007 o de las intrigas novelescas del escritor John Le Carré. Y es que en invierno un aura siberiana parece inundar toda la ciudad. Conviene abrigarse bien, porque la noche es fría, aunque merece la pena tiritar un poco por visitar el lugar. Viendo el nevado bosque de los alrededores y las silenciosas callejuelas, cualquiera diría que nos encontramos en algún recóndito pueblecillo cerca de la frontera con Europa Oriental.

Canfranc sería el típico lugar en el que se podría haber ambientado un libro sobre la Guerra Fría o una novela negra. Si fuera una película, cualquier crítico de la vieja escuela diría de ella que es un thriller de estilo hitchcockiano que se desarrolla en un marco de ensueño, con el mítico tren de fondo.

Pero no hay lugar para el romanticismo de los turistas en la realidad del pueblo. En medio de un valle profundo, con escasos recursos agrícolas y con el tren silenciado, sus habitantes se dedicaron y siguen dedicándose al comercio. Su economía se basa en las transacciones entre Aragón y la provincia francesa de Bearn, situada a los pies de los Pirineos. Cada cinco pasos uno puede encontrarse con un pequeño ultramarinos o una modesta tienda de comestibles. “Bebida y tabaco, lo que más triunfa”, comenta un excéntrico dependiente.

Hoy en día el pueblo acoge también a viajeros y peregrinos que se detienen camino a Santiago. No hay lugar para la gente inquieta en este improvisado Moscú. Canfranc se ha convertido para muchos en santuario y en un lugar de reposo provisional. Quizás es que se sientan atraídos por un pueblo cuyos secretos puedan debilitar sus almas, quizás por la inquietante imagen de la gélida estación, o puede que la curiosidad venga encaminada más hacia practicar deportes de invierno. Lástima que pocos se detengan lo suficiente como para interesarse por esta pequeña ciudadela que antes tuvo mucho que contar.

Su fría emoción viene bien.

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  1. Tu relato es muy descriptivo y casi uno puede estar allí. Te cuento que escribo una novela y se sitúa en Canfranc y realmente he elegido el lugar porque me ha fasinado…
    saludos y hasta pronto
    Carolina

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