reverendogore

La pereza de la buena lectura

In ¿Qué hubiera dicho Mao Tse-tung hoy? on 9 marzo 2009 at 9:02 AM

“Leer demasiados libros es peligroso”

¿Clásico o best seller?

¿Clásico o best seller?

Terminar un libro en una tarde siempre se me ha presentado como una tarea titánica. Agota pensar en el recurrente ritual que uno debe articular para coger con interés un amargo montón de hojas, más cuando sabes que tienes la versión “peliculera” en el estante a mano.

1. Encender el equipo de música. Una tarea aparentemente sencilla hasta que llega el momento de elegir un fondo musical apropiado para la lectura. ¿Música clásica? No, demasiado tópico. No quiero que me sorprendan fumando pipa en un sillón mientras balanceo sugerentemente la alpargata. ¿Blues? ¿Pop-rock? ¿Polka? ¿Nancy Sinatra o Nina Simone? Dios sabe que aún sería más difícil elegir entre sus dos ángeles favoritos.

2. Comer sería una grosería. No se trata de un vademécum, ni de un cartapacio, pero sería un crimen manchar las hojas…pensemos en quién lo leerá después y en su “comió ganchitos naranjas en este capítulo”. Finjamos que somos ingleses amanerados por un segundo. ¿Qué se puede beber mientras pasas las hojas? Son las 2 de la tarde. Podemos descartar whisky, ron y demás bebidas espirituosas (margaritas, dry martini, long ice tea). Zumos o lácteos, en el caso de que seas un ferviente admirador de Alex DeLarge (otro inglés, además literario, además con versión peliculera, aunque menos pedante).

3. Bajar la luz. La miopía es bella. Disfrútenla mientras vean. Sentarse junto a la fogata, el hogar o las ascuas, sólo sería posible en una realidad alternativa en la que los amish dominaran la Tierra. “¡Cuando los menonitas poblaban la Tierra!”, se llamaría. Una lámpara de mesilla y a correr. Si no hay bombillas, la invitación a electrocutarse es muy llamativa. El riesgo les librará de la lectura una hora más (aprox.).

4. El separador de páginas se perdió. Tocaría retomar la novela desde el punto acordado la semana, el mes o el año último (con probabilidades del segundo), pero recordar línea, página o capítulo sin el odioso papel intermediario inclina a su ocasional lector al abandono, la manía persecutoria ( “el libro me persigue, quiere que me vuelva loco”) o el homicidio. Homicidio o librocidio (si es que existe).

Con un poco de suerte para la hora en la que uno por fin coja sitio en el sofá, ya estará ocupado por especímenes que van desde felinos a otros encefalogramas. Has llegado muy lejos. Enhorabuena, palmadita en la espalda y agarra la guía de la tele. Buena lectura, y menos peligrosa.

¿Pasaría esto en los regímenes comunistas chinos?

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