
Blonde on Blonde sonaba bien en vinilo
Hoy me había planteado ser un prepotente, presumir de gustos musicales cuando intentaba sintonizar una emisora “apropiada” para el viaje hacia la universidad. Soy de esas clase de personas que le ponen banda sonora a los paisajes. Pero una o dos vueltas a la frecuencia media, he sentido más pena que vergüenza. ¿Cómo hemos llegado a escuchar esas cosas? ¿Por qué tanta indiferencia a algo que compuso Jimi Hendrix en tiempos felices?
No hay presunción de inocencia en el conocimiento musical. No se es tanto culpable de olvidar una gran balada o un estupendo éxito del viejo blues, como de acusarlos de ser “carcas”, de otra época, de viejas glorias.
A uno le saltan los puntos cuando oye decir “conozco una o dos”, o “no me llama mucho la atención”, “no es mi estilo”, “no es BAILABLE”. El corazón te da un vuelco.
Intentan desmontar mitos propios, fantasías personales. ¿Qué quieren les diga? ¿Qué odio ver contonearse a las chicas de hoy a ritmos de insultos y bajas rimas? Quizá sea tan viejo. O quizás me parezca más atractivo ver a una mujer moviéndose por la habitación al ritmo de Creedence Clearwater Revival, pensando que nadie la observa mientras tú (con una sonrisa de lado a lado) te apoyas en el marco de la puerta. Puede que no haya nada más perfecto que esa imagen en mi cabeza. Algún mechón albino ya veo. Si se limitara al menos la modernidad a hacer daño sólo a mi ego musical…¿Quieres verme sufrir? Pues ponme un rap.
El techno, el house y demás música de metalurgia barata han contaminado algo tan bueno y clásico como el ambiente de un local. Ahora son jaurías de “niñas” y de malos machos los que se agolpan frente a las puertas, bombardean los bares y pervierten disc jockeys. Sólo en situaciones muy graves sería justificable sobrevivir a base de músicas atronadoras.
Janis Joplin, Led Zeppelin, Cream, The Carpenters, Eagles incluso. Escribían palabras con letra o letras con palabras, pero bastaban. Algo más que el “suma y sigue” moderno.
La música es cura, no sarna. Ha terminado por convertirse en un tratamiento de choque, de electroshock, y como suele suceder en los diagnósticos médicos post terapia, el paciente ha concluido asociando el fenómeno a un estímulo negativo.
El rock lleva muerto 31 años, mes arriba mes abajo. Puede que los viejos rockeros hayan cedido a canas, arrugas y antiguas bandanas, ¡pero siguen siendo rockeros maldita sea! Y sería una lástima olvidarlos.
Pensar que dentro de 20 años uno mirará los viejos números de Rolling Stone, con portadas en las que grupos prometían ser nuevas glorias disimulando estrías tras tanto tiempo. Los que nos quedamos en los 60, 70 o los estrambóticos ochenta, preguntaremos en alto, ¿alguien se acuerda de Bob Dylan? Más allá del mito, más allá de un compositor en horas bajas.
El “sexo, drogas y rock and roll” es un grito mudo. Los mujeriegos murieron por su detestable modo de vida, las drogas empezaron a ser demasiado fuertes para ellos, el sida devoró, el cáncer creció y las manos se convirtieron en muñones. ¿Qué fueron de los tiempos de los alucinógenos, el amor libre y otros éxitos del pop? ¿Es posible echar de menos una época que no llegaste a vivir?

